Literatura de género

La lengua inglesa realiza una distinción entre genre (género entendido en el sentido literario, como la lírica, la narrativa, etc.) y gender (género entendido como el rol masculino o femenino asumido). Pero el español carece de esta diferenciación. De ahí que hablar de “literatura de género” pueda resultar confuso. En este artículo nos referiremos específicamente a la literatura como lugar de lucha y de resistencia por parte de las mujeres, a la literatura femenina y feminista y al concepto de género tal como lo entienden los estudios culturales.

¿A qué se considera “género”?

El género no implica solamente las diferencias sexuales biológicas visibles, sino que es una categoría mucho más amplia y compleja. En sociología, antropología y psicología, se usa para designar un conjunto de normas y de convenciones sociales referidas al comportamiento sexual de las personas. En efecto, la construcción social de las diferencias sexuales cambia de una época a la otra.
Los estudios de género forman parte de una tradición reciente en los Estudios Culturales iniciados en la década del 60 en universidades americanas e inglesas. Sin embargo, tienen antecedentes más antiguos. Ya en 1949 la intelectual francesa Simona de Beauvoir inicia el movimiento feminista con su famosa frase: “Una no nace mujer, sino que se hace mujer.” Hoy las reflexiones que comenzaron en aquel entonces están más instaladas en nuestra sociedad y han permitido a las mujeres conquistar lugares clave en la familia, en el mundo del trabajo y en el entorno académico.
Pero los estudios de género también se han abierto hacia otros campos: los estudios sobre la masculinidad y la diversidad sexual (gays, lesbianas, transexuales, bisexuales).

La literatura de mujeres

Por el nombre de “literatura de género” a veces se suele hablar de la literatura de mujeres. Los críticos suelen evitar la denominación “literatura femenina”, ya que ella transporta no solamente a creaciones literarias escritas por mujeres, sino más bien en textos destinados e impuestos al público lector femenino, que no siempre contó con el permiso de la sociedad para leer cualquier cosa (históricamente, se escribieron para las mujeres géneros como los tratados morales, pero también la novela rosa o el folletín, que muchas veces están firmados por un autor varón).
La literatura escrita por mujeres existe y existió siempre. Lo que ocurre es que la mujer, como producto social cultural, no ha tenido el mismo lugar que el hombre para ser reconocida como escritora. Como la genial Virginia Woolf cuenta en su famoso texto “Un cuarto propio”, la práctica de la escritura muchas veces era secreta, solía limitarse al ámbito privado y se superponía con las funciones que la sociedad patriarcal impuso a las mujeres: principalmente, el cuidado de los niños y ancianos, y las tareas domésticas.
La crítica literaria Elaine Showalter habla de la literatura escrita por mujeres en términos evolutivos: un primer estadio es la literatura “femenina”, en la cual las escritoras no iban más allá de lo que dictaban las normas; desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX se habla de literatura “feminista”, con la mujer saliendo al espacio público, y finalmente el estadio actual, la literatura “de mujeres”, donde los principales derechos se han conseguido y la escritora puede pasar a dar rienda suelta a su creatividad.
Existen estudios volcados a percibir las diferencias entre la escritura de los hombres y la de las mujeres, sin embargo no pueden observarse más que tendencias: nadie puede dictaminar que una mujer escriba de tal o cual modo, o que un hombre produzca una obra de tal o cual calidad. Sin embargo, como productos culturales, hombres y mujeres van dejando rasgos de su identidad en la obra, y ésta incluye entre otras su rol genérico en la sociedad. En cualquier caso, tratándose de literatura escrita por mujeres, es fundamental estudiarla partiendo desde las condiciones históricas desde las que tuvo lugar.

La importancia del reconocimiento de una categoría

Negar la existencia de una “literatura de mujeres”, “literatura femenina” o “literatura de género”, como hacen muchos críticos que no le otorgan un lugar especial en los libros de historia de la literatura o juzgan como menores los roles tradicionales de las mujeres escritoras –volcadas en los libros para niños, las traducciones o las críticas de obras famosas- equivale a pasar por alto la lucha que las mujeres hemos debido afrontar a lo largo de los siglos.
Una mujer no escribe igual que un hombre, no debido a condiciones biológicas sino culturales: la mujer no siempre tuvo la libertad para expresarse, para vivir de la escritura o para ser una figura pública con valor propio. Y cada escritora que la historia va dejando tuvo que escribir bajo la sombra de pertenecer a un género tradicionalmente marcado. De cualquier manera, hablar de literatura de mujeres nunca debe ser un menoscabo sino un reconocimiento de una producción que se llevó a cabo en condiciones muchas veces difíciles, que presenta recursos propios y que tal vez no alcanzó la misma circulación o difusión que si hubiera estado firmada por un hombre.
Lo que hace interesantes a los estudios de género en literatura es que nos enseñan las maneras en las cuales las mujeres de diferentes épocas han enfrentado, de forma diferente a los hombres de su tiempo, la escritura. En el gesto de una mujer del siglo XIX que escribía y firmaba con seudónimo masculino, queriendo borrar u ocultar su femineidad (es el caso de George Elliot o las hermanas Brönte) hay que leer una rebeldía, la búsqueda de libertad y el deseo de escapar a la opresión impuesta por la sociedad patriarcal.
Aún con los importantes avances históricos que la mujer ha hecho a lo largo de los dos últimos siglos, no hay que olvidarse de que la lucha continúa: miles de mujeres explotadas, privadas de su libertad o víctimas de la prostitución y el tráfico sexual nos recuerdan que aún falta mucho para lograr una verdadera igualdad que haga a ambos sexos equivalentemente libres.

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